Te dedico este soneto
a estas horas de la noche,
poder decir sin reproche
que no me he quedado quieto.
Te regalaré la Luna,
como joya que es preciosa
no tiene envidia a la rosa,
yo sí que tengo fortuna.
Mi mirada al contemplarte
te trata con el cariño
que quisiera acariciarte.
Luna, eres arte,
yo siempre seré ese niño
que siempre quiso tocarte.

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Mamá, quiero coger un lucero.
“No, hijo mío, que está muy lejos el cielo”.
Quiero coger una estrella,
para ponerla en tu pelo.
“No, hijo mío, que está muy lejos del suelo”.
Pues entonces lo pintaré para ti:
un lucero con su Luna,
una estrella con su noche
y una nube que es de espuma.
Pero mira mamá,
de mis labios nace un beso
para impregnarlo en tu cara.
Que en tu corazón quede preso,
como en mí está tu mirada.

La niña jugaba sola
con su muñeca de trapo.
Se sentó un niño a su lado;
está cubierto de harapos.
Ella le miró callada
y le acercó su muñeca,
él la cogió entre sus manos
mirándola muy de cerca.
La llevo hasta su pecho,
en sus brazos la acunaba,
dormida quedó en el lecho
mientras la niña cantaba.
A la nana, nana:
duerme muñeca,
en los brazos del niño
estás muy quieta.
Duerme, mi vida;
duerme, mi amor;
que mi niño te ha puesto
de cabecera su corazón.
El niño miró a la niña
ya que de su cuello colgaba
una medalla que brilla,
igual que la que él llevaba.
Echó su mano a cogerla;
la madre, que estaba sentada
fue corriendo hacia los niños,
pensando que la robaba.
¿Qué hacías?, le preguntó.
El niño no contestaba
y la niña señaló
en su cuello la medalla.
De los ojos de la madre
dos lágrimas resbalan,
porque las dos son iguales
con una letra grabada.
La madre lo abrazó fuerte:
sabía porque no hablaba,
porque nació sordomudo
un lunes de madrugada.
El día que se perdió
por mucho que le llamaran
no pudo escuchar la voz
de aquellos que le buscaban.
Acogido en un hospicio
pasó varias temporadas,
donde le daban comida
y le lavaban la cara.
Pero un día decidió
ir en busca de su casa:
en una noche de estrellas
se escapó por la ventana.
Estuvo vagando solo,
pero llamó su atención
la muñeca de la niña,
que jugaba en un rincón.
Se acercó y era la suya,
con el mismo camisón,
los ojos en forma de luna
y le faltaba un mechón.
La madre coge a los niños,
a su casa los llevó.
Todo el rato mira al cielo
y le da gracias a Dios.

La Luna, señores,
la Luna me está mirando
desde su balcón de nubes
y en ese jardín de estrellas,
que más bien parecen flores.
Y yo también la contemplo,
aquí desde mi ventana
y cuando ella se duerme:
entonces me voy a la cama.
Soñando con sus encantos,
es un amor imposible…
¡Donde quisiera ser pájaro,
y hacer nido en su regazo!

En la luna del olvido
cobijaste las sombras perdidas,
y el viento iba
arremolinando los momentos.
Tú corrías para esconderte
de tu ira,
de su ira;
de los gritos de angustia,
de los ojos perdidos
que no miran a ningún lado.
Sigues corriendo,
sin mirar atrás.
“¿Cuándo pararás?”,
“¿cuándo pararás?”,
te gritan tus pies cansados.