La casa, la parra, la viña,
la tierra, al fondo la sierra
bonita y callada.
Un montón de paja, 
la leña apilada,
un pico, una pala, un hacha olvidada.
Un pozo, un cubo oxidado,
una soga rota, un viejo arado.
Un manzano solo,
un almendro al lado,
un peral desnudo,
un rosal podado.
Al fondo una cuadra,
ronronea un gato,
rebuzna un burro,
picotea un pato.
Una oveja sola, un caballo flaco,
una vaca gorda comiendo de un saco.
Pienso, mucho pienso,
harina y buen grano,
mira si son tiernos:
comen de la mano.
Todo es un tesoro, lo dejó mi abuelo,
también dejó un loro
que baila en el suelo.
Me dejó el paraje,
también dejó el viento,
que a mí me susurra
en todo momento.
Todo son recuerdos
de su propia vida,
dame lo que quiero,
pida lo que pida.
En su mecedora 
me quedo sentado,
sintiendo que, a veces,
se sienta a mi lado.
Anuncios

Palomita, no te pares.
Vuela, vuela sin cesar
que ya te queda poquito
para tu casa llegar.
Vas cansada y sin aliento
y te va empujando el viento,
ayudante que es leal;
no te asusta la carrera,
ni dejas de pelear.
Con tus alas abiertas
vas abriendo todas las puertas
que te puedes encontrar,
eres ave temerosa
muy poquito caprichosa,
perseverante y tenaz.
Ya llegaste a aquella rama
que a ti te sirve de cama
para poder descansar,
y te llaman tus polluelos
con un enorme revuelo:
ya llegó nuestra mamá.

En la mirada guardo tus ojos,
en mi corazón tus palabras,
en mi mente guardo tus sueños
y por mi piel tus caricias vagan.
No importa lo que fuimos,
si no lo que vivimos,
dándole todo al todo,
luchando codo con codo.
Amamos el momento
y así nos lo bebimos,
compartimos la copa
que a besos la arrebata
exprimiendo esa gota,
que del cristal se escapa.
Fuimos la transparencia
la unión en la distancia,
fuimos el mismo peso
puesto en la balanza.
Aún te sigo queriendo
como el cuño se queda,
al paso de los años
grabado en la moneda.

Recuerdo aquella casa,
recuerdo aquella mirada
que aún en el paso del tiempo
sigue grabada en el alma.
Recuerdo las callejuelas,
la puerta, la entrada,
los jardines con sus rosas,
aquella calle empedrada.
El muro que salté tanto,
sin miedo a que tropezara
y si alguna vez caí,
yo solo me levantaba.
Donde aprendí a ser niño,
en las calles que jugaba,
con barro, palos y piedras
o todo lo que encontraba.
Buscábamos lagartijas,
jugábamos a batallas,
hacíamos de sabandijas
y le echábamos agallas.
Aprendimos los valores
el respeto y la palabra,
respetábamos las flores,
escuchamos a quien habla.
Ahora nos queda la esencia
de una infancia disfrutada,
de un esfuerzo consentido,
de una huella en la pisada.

La noche.

Se escapó la magia de mis dedos,
mi cabeza no pensaba
no me fluyen mis latidos,
ni siquiera las palabras.
Se esfumó el tiempo a minutos,
mientras las horas pasaban
y allí está callada ella,
como sombra negra y larga.
Apagó la luz del Sol,
dueña se hizo hasta el alba,
desapareció despacio
abriendo la madrugada
y cuando ya se veía,
rendido me fui a la cama.

Esta noche necesito una copa,
una mano que me quite la ropa
unos labios que beban de mi boca
una mirada que note que me toca.
Unas palabras que susurren ternura,
un sentimiento que en la noche perdura
un remiendo que necesita costura
y una herida, puntos de sutura.
Tú eres ese fiel costurero
que a esta rosa siempre puso agua en su florero,
que en mi corazón grabó un “te quiero”,
con su pluma y su tintero.
Que abrió sus manos para acogerme,
siguió mis pasos para no perderme,
fue mi leño para encenderme,
yo soy tu río para beberme.
Yo soy tu piel para taparte,
tu puerto para amarrarte
mi boca para besarte
mi vida para amarte.

Hay risa porque te añoro
en mis labios despertar,
eres bendito tesoro
muy difícil de olvidar.
Una sonrisa es ternura
a los ojos de quién mira
y en mi corazón perdura,
como en tu boca respira.
Mueca en la cara graciosa
que me hace más risueño
y aun se queda cuando sueño,
pizpireta misteriosa.
Gracias a tu sonreír
llevo la vida más amena,
se me quita la pena…
Gracias por tenerte ahí.