Soy hombre que,
descontento,
no quiero mirar de frente;
en el paso de la gente
el murmullo ni lo siento.
Cambié mi mundo por gloria,
un camino polvoriento
donde a veces voy sediento,
pero es parte de mi historia.
En mi memoria grabada
perpetúa esta tu sonrisa,
cada día menos deprisa
la mecha sigue apagada.
Rebusco por los rincones
un resquicio de mi vida
porque todo no se olvida
cuando se tienen razones.
Por eso sigo soñando
en que llegue esa mañana,
y yo me arranque esa cana
que me estaba molestando.
Por eso te guardo siempre
y te avivo con pasión,
y no pierdo la ilusión
de poder volver a verte
dormida en mi corazón.

La casa, la parra, la viña,
la tierra, al fondo la sierra
bonita y callada.
Un montón de paja, 
la leña apilada,
un pico, una pala, un hacha olvidada.
Un pozo, un cubo oxidado,
una soga rota, un viejo arado.
Un manzano solo,
un almendro al lado,
un peral desnudo,
un rosal podado.
Al fondo una cuadra,
ronronea un gato,
rebuzna un burro,
picotea un pato.
Una oveja sola, un caballo flaco,
una vaca gorda comiendo de un saco.
Pienso, mucho pienso,
harina y buen grano,
mira si son tiernos:
comen de la mano.
Todo es un tesoro, lo dejó mi abuelo,
también dejó un loro
que baila en el suelo.
Me dejó el paraje,
también dejó el viento,
que a mí me susurra
en todo momento.
Todo son recuerdos
de su propia vida,
dame lo que quiero,
pida lo que pida.
En su mecedora 
me quedo sentado,
sintiendo que, a veces,
se sienta a mi lado.

Recuerdo aquella casa,
recuerdo aquella mirada
que aún en el paso del tiempo
sigue grabada en el alma.
Recuerdo las callejuelas,
la puerta, la entrada,
los jardines con sus rosas,
aquella calle empedrada.
El muro que salté tanto,
sin miedo a que tropezara
y si alguna vez caí,
yo solo me levantaba.
Donde aprendí a ser niño,
en las calles que jugaba,
con barro, palos y piedras
o todo lo que encontraba.
Buscábamos lagartijas,
jugábamos a batallas,
hacíamos de sabandijas
y le echábamos agallas.
Aprendimos los valores
el respeto y la palabra,
respetábamos las flores,
escuchamos a quien habla.
Ahora nos queda la esencia
de una infancia disfrutada,
de un esfuerzo consentido,
de una huella en la pisada.

Esta noche necesito una copa,
una mano que me quite la ropa
unos labios que beban de mi boca
una mirada que note que me toca.
Unas palabras que susurren ternura,
un sentimiento que en la noche perdura
un remiendo que necesita costura
y una herida, puntos de sutura.
Tú eres ese fiel costurero
que a esta rosa siempre puso agua en su florero,
que en mi corazón grabó un “te quiero”,
con su pluma y su tintero.
Que abrió sus manos para acogerme,
siguió mis pasos para no perderme,
fue mi leño para encenderme,
yo soy tu río para beberme.
Yo soy tu piel para taparte,
tu puerto para amarrarte
mi boca para besarte
mi vida para amarte.

Soñaré contigo.
Aún me quedan recuerdos,
sigues siendo mi abrigo
en mis noches de invierno.
Qué difícil borrar
ese tiempo vivido,
ya dejé de llorar
ahora solamente vivo.
No quiero sentir
que te he olvidado,
no quiero mentir
que haya pasado.
Solamente las horas,
los momentos…
Pueden viajar esporas
con los vientos.
Pero cada palabra
aún resuena
en el pasadizo de mi oreja.
Susurros de amor
que aún olvidados
siguen en mi cabeza.

No son momentos claros
ni ilusiones perdidas
ni heridas que se cierran
con tan solo coser.
Necesitan su tiempo,
quizá la medicina;
tú la puedes beber
sin olvidar sus dedos,
como una pluma fina
recorriendo tu piel.
Dibujando en tu espalda
corazones de fuego,
el calor llega al pecho;
él apaga tu alma
con tan solo beber
de tus labios de escarcha.
Pero se fue,
y con él sus noches,
pero no sus recuerdos.
En la estancia quedó
su perfume grabado
y una música tenue
divaga en el ambiente.
Tus ojos se clavaron
en su fotografía,
parece que dormirán ahí
esta noche,
como tantas noches
dormiste en sus brazos.

Mi poesía brilla,
dicen tus ojos al leerla
no puedes tenerla,
pero si puedes sentirla.
Ver como se aproximan
las palabras una a una
detrás de otra,
como el sueño
de quien lo escribe,
viviendo la viveza del sentido,
vistiendo una hoja desnuda
con letras negras
y sentidos profundos,
indagando en la propia
historia del poeta,
siguiendo la senda
que te marca
ese tic –tac del tiempo,
solo en penumbra
acompañado del propio silencio
que invade la estancia
en todo momento.
Soy un poeta de sueños
que intento poseer uno a uno,
avivar los recuerdos
porque esos sí son nuestros;
esos no nos los pueden quitar
ni pagan impuestos.
Más de uno
nos pondría un tacómetro
para cobrar por ellos,
pero no hay: somos los dueños.
En lo demás nos ganan el juego
nos hacen sumisos
como tiernos perros,
nos abren el páramo
donde quieren que caminemos,
para tenernos controlados
simplemente, para que
no levante la voz la gente,
que esté calladita
igual que cuando duerme.
Pero no saben que guardamos
el pasado, el futuro y el presente,
apretando los dientes,
nos tiramos al río
sin miedo
a que nos lleve la corriente,
sabiendo que en la orilla
habrá un tronco para sujetarnos,
y si no lo hay
seguiremos a la deriva
hasta tocar tierra.
Esa tierra que es nuestra
o por lo menos un cachito,
es nuestra
por el hecho
de haber nacido en ella
y haber echado raíces
entre sus calles de asfalto.